¿Cuántas versiones de nosotros mismos habitamos?

Imagen de <a href="https://pixabay.com/es/users/sergio-sq-7012526/?utm_source=link-attribution&utm_medium=referral&utm_campaign=image&utm_content=8563083">Sergio Serjão</a> en <a href="https://pixabay.com/es//?utm_source=link-attribution&utm_medium=referral&utm_campaign=image&utm_content=8563083">Pixabay</a>

Hay una sensación que aparece con frecuencia en sesión: la de ser personas distintas según el grupo en el que estemos. Como si con cada contexto nos pusiéramos un traje diferente. Como si, en ciertos espacios, dejáramos partes de nosotros mismos en la puerta para poder entrar.

No siempre es evidente, a veces se manifiesta como incomodidad, como cansancio después de estar con ciertas personas, como la sensación de “no haber sido del todo yo”. Otras veces aparece como miedo: miedo a decir lo que pensamos, a mostrar lo que sentimos, a ser vistos tal como somos.

Detrás de todo esto suele haber algo muy profundo: la necesidad de pertenecer. El psicólogo humanista Abraham Maslow en 1943, ya señalaba que, después de cubrir nuestras necesidades más básicas, las personas necesitamos amor, vínculo y sentido de pertenencia para sentirnos seguras y desarrollarnos.

Por lo que desde muy temprano aprendemos que ser aceptados garantiza vínculo, cuidado y una cierta forma de supervivencia emocional. Muchas veces, casi sin darnos cuenta, podemos empezar a negociar con nosotros mismos:
esto mejor no lo muestro,
esto no lo digo,
así soy más querible,
así no molesto,
así encajo.

Por otro lado, Carl Rogers en 1959, explicaba que muchas personas aprenden, desde muy temprano, que solo ciertas partes de sí mismas son bien recibidas por los demás. Cuando la aceptación parece depender de cómo somos, sentimos o nos comportamos, podemos empezar a desarrollar lo que Rogers llamó “condiciones de valor”, es decir la sensación de que solo seremos queridos si somos de determinada manera.

Pero.. ¿qué precio pagamos cuando pertenecer implica escondernos?

Con el tiempo, esa adaptación constante puede alejarnos de nosotros mismos. No porque haya algo “mal” en adaptarse es algo que todos hacemos, sino porque cuando la adaptación se vuelve renuncia, algo dentro se apaga. Partes nuestras quedan sin voz, sin espacio, sin mirada. Siguiendo con las línea de los autores anteriores, para Maslow cuando pertenecer implica esconder partes de uno mismo, el precio es que se dificulta el acceso a niveles más altos del desarrollo humanos como la autorrealización; por decirlo en otras palabras, el coste es renunciar a desplegar plenamente quién eres. Para Rogers todo esto se define como una incongruencia entre lo que la persona vive internamente y lo que cree que debe de mostrar, causando en consecuencia una tensión interna que deriva en ansiedad o dificultad para confiar en la propia experiencia.

Quizás la pregunta no sea solo “¿dónde pertenezco?”, sino también:
¿con quién puedo ser?

Tal vez sea más importante rodearnos de personas que nos invitan a mostrarnos, que no nos exigen versiones reducidas de nosotros mismos, que facilitan la reconciliación con esas partes que incluso a nosotros nos cuestan aceptar. Personas con las que no haya que esconder la sensibilidad, la duda, la intensidad o la diferencia. Por eso Rogers defendía que el cambio terapéutico ocurre cuando la persona puede recibir aceptación sin condiciones permitiéndole integrar esas partes que antes tenía que ocultar.

A veces, sanar no tiene tanto que ver con cambiar quiénes somos, sino con cambiar los espacios en los que intentamos ser. Y quizá el verdadero sentido de pertenencia no sea aquel que nos pide encajar, sino el que nos permite descansar en quienes somos.

Amparo Corell

Bibliografía
Maslow, A. H. (1943). A theory of human motivation. Psychological Review, 50(4), 370–396. https://doi.org/10.1037/h0054346
Rogers, C. R.(1959). A theory of therapy, personality, and interpersonal relationships: As developed in the client-centered framework. En S. Koch (Ed.), Psychology: A study of a science. Vol.3: Formulations of the person and the social context (pp. 184–256). McGraw-Hill.