Es difícil saber si es por la llegada del fin de año, que supone el final de un ciclo, por las reuniones con amigos y familiares, por el contagio de las emociones de ilusión y alegría que parecen flotar en el ambiente, o por la combinación de todo esto, pero la llegada de la época navideña viene acompañada de muchas emociones.

Parece que las más claras son las que podemos ver en los niños. Las luces, la salida de la rutina, los planes especiales y la espera de la magia y los regalos de los reyes llenan sus ojos de una ilusión contagiosa que puede transportarnos a nuestra propia infancia y hacernos recuperar la magia y la ilusión infantil que en ocasiones el día a día nos arrebata.

En las reuniones familiares la situación a nivel emocional se complica un poco y depende mucho de la estructura y el funcionamiento familiar. Junto a la alegría por compartir y a la ilusión de los pequeños de la familia, suele estar presente la tristeza por los que ya no están, especialmente si es el primer año que se reúnen tras su pérdida. Además, si en la familia hay situaciones no resueltas, emociones no expresadas o conflictos latentes es posible que sobrevuelen en el ambiente generando una tensión que puede provocar discusiones.

Otro factor que afecta a nuestras emociones en estas fechas es la visión que tenemos de la sociedad en la que vivimos. Cada vez más personas reniegan de la Navidad y de sus fiestas porque sienten que las reuniones que se celebran en esta época del año son forzadas y falsas, especialmente cuando se dan entre personas que raramente se relacionan durante el año. Para ellos, estas fiestas pueden suponer un gran esfuerzo si se ven obligados a participar de ellas.

Nuestra recomendación para estos días de fiesta es muy simple. Escúchate, ten claro qué quieres hacer y qué necesitas y date permiso para hacerlo. Es el mejor regalo que puedes hacerte estas navidades…aunque no te gusten 😉