• La rabia

La rabia, nuestra gran defensora

En uno de nuestros últimos artículos hablábamos en profundidad sobre las emociones y la importancia que tienen en nuestra adaptación y supervivencia. Creemos que puede ser interesante profundizar en las que nos encontramos más habitualmente en consulta y vamos a empezar por la rabia.

La rabia es considerada una de las emociones básicas desde 1970. En este año el psicólogo Paul Eckman identifica las que él consideró las seis emociones básicas (alegría, tristeza, asco, miedo, sorpresa y rabia), y desde entonces ha existido un gran consenso al respecto.

La rabia tiene una clara función: es la primera respuesta que activa nuestro organismo cuando tenemos que hacer frente a un reto o enfrentarnos a un peligro. Nos prepara para la acción, ya sea el enfrentamiento o la huída, mediante el aumento del ritmo cardíaco, la aceleración en la respiración y la tensión muscular. También tiene efectos a nivel cognitivo: aumenta la concentración, la atención y mejora la capacidad de resolución de conflictos. Es decir, la rabia nos ayuda a defendernos, también de nuestro mundo interno.

Esto último es algo que no perdemos de vista en el trabajo con nuestros pacientes. Muchos de ellos nos hablan de la rabia como algo que les domina, que toma el control por ellos y que les resulta muy difícil de manejar. Y les resulta muy fácil encontrar el detonante. A priori. Porque cuando les ayudamos a profundizar, se dan cuenta de que la rabia no les está defendiendo de los abusos de su jefe, o de las contestaciones de sus hijos adolescentes, o de que su pareja haya decidido romper la relación. Cuando miran hacia dentro descubren que de lo que les está protegiendo es de lo que todo eso les hace sentir. La rabia nos protege de nuestras propias emociones y sentimientos

Y esto no significa que las emociones sean peligrosas. Para nada. Pero, como hemos dicho en más de una ocasión, cuando crecemos en un ambiente en el que, por la razón que sea, las emociones no pueden ser expresadas podemos llegar a sentirlas como algo peligroso, que no sabemos bien qué significa y con lo que no sabemos qué hacer.

Por eso sabemos que ahí donde hay rabia, hay un gran dolor. Porque las emociones no expresadas siempre terminan encontrando la manera de alzar la voz. Y la rabia, para alzar la voz, tiene un gran poder.

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